miércoles, marzo 01, 2006

Té al limón

Sus ojos no dejaban de buscar, de intentar fijarse en algo, como hacen los cuervos (esos pequeños humanos alados que tienen la costumbre de amontonar artículos de valor que son inservibles).

Pero ella no buscaba nada de valor, nada material: ningún objeto brillante digno de ser custodiado por uno de esos pájaros. Quería tomar una decisión. Pensaba que mirando una y otra vez, sus ojos se fijarían en algo, y evitaría tener que decidir por ella misma.

Yo nunca suelo tardar mucho en elegir; según que cosas, claro está.

La decisión para ella era complicada: té o café, bebida fría o caliente, vaso grande, mediano o pequeño... batidos? también había batidos de varios sabores?

Yo, la verdad, en aquellos momentos no tenía ganas de nada: no me apetecía nada (tenía un vacío en el estómago). De veras que era lo último que quería... Pero allí me encontraba, no sé muy bien por qué: quizás porque el sitio me gustaba, quizás...

Ella estaba sentada en una mesa cuadrada, y su cara apuntaba al panel informativo de bebidas; había tantas, todas esperando a ser probadas. Descartando el café, que no le gustaba, la situación mejoraba algo, pero todavía había mucho; demasiado para tener que escoger una sola bebida de entre tantas. Una sola? No podían hacer como en esos restaurantes caros en los que te ponen un menú-degustación? Tomas poco de mucho, pero te ahorras tener que decidir; es muy cómodo, y divertido.

En estos sitios, tienes que pedir tu bebida en el mostrador. Ella seguía inmóvil, sin variar mucho la forma que había adoptado hacía veinte minutos, los mismos que llevaba sentada, deseando que poco a poco la gran parte de las bebidas anunciadas en el panel se fuesen borrando hasta que sólo quedase una anunciada, con lo que resolvería su propio acertijo: qué quiero? Parecía triste, muy triste, pero no lo estaba: era sólo lo que podía pensar la gente al mirarla. Tan sólo quería una bebida.

Sus ojos eran preciosos. En aquel lugar, quizás recordaban al chocolate caliente: un marrón muy oscuro, con un ligero toque rojizo. En otro lugar, no recordarían a nada, pues no era posible describir con palabras la belleza que encerraban. Su mirada era perdida, despistada, triste. No fijaba la mirada en ningún punto en concreto, la paseaba suavemente, como si no estuviera pensando en nada en concreto; como si su mente estuviera muy lejos de allí.

Yo seguía pensando que no tenía ganas de nada: me lo repetía una y otra vez, como si tratase de convencerme a mi mismo (o que lo escuchase uno de los camareros del local, que no dejaba de mirarme). Una voz en mi interior me decía que quizás en otro momento, pero no aquel día... sólo estaba sentado, pensando.

Ella se levantó, se dirigió al mostrador y encargó su té de limón. Como si siempre lo hubiera tenido clarísimo, sus palabras fueron muy seguras: QUIERO UN TE AL LIMON. Cuando estuvo preparado, pagó, y se volvió a sentar en la mesa. Ahora tenía la bebida, ahora había elegido; sólo quedaba disfrutar de ella...

Por que engañarme? Pues si, la verdad, me encontraba con el estómago revuelto: las decepciones a veces, empiezan a afectar el estómago, después de hacer un recorrido intensivo por distintos órganos humanos tales como el corazón o la cabeza... Pero, por mucho que me repitiera a mi mismo que no era el momento, que quizás más adelante, que ya habría más ocasiones, yo también había tomado mi propia elección: sabía lo que quería... ELLA.

No sabía muy bien cuando lo había decidido, ni era consciente de ello, pero era ella. Podía seguir negándomelo a mi mismo, o sonreír.

Mientras ella sujetaba con firmeza su enorme taza, y la miraba como si fuera su objeto más preciado, yo la miraba a ella... porque, acaso podía mirar ya a "algo" que no fuese a ella?

Ella volvería a tener que tomar decisiones, y estaba seguro de que volvería a tomarse su tiempo.

Lo bueno de cuando "eliges" a alguien, es que todos los días, a cada instante, tienes que elegir de nuevo, y de ti depende que al despertarte, cada mañana, elijas otro día más a la misma persona. Es tu decisión.

Pero yo, desde aquel instante, ya no tuve que volver elegir... porque para mi sólo estaba ella y su taza de té.