Rojo

Aquella noche no estaba planeada...
Esa era precisamente la idea, no pensar, tan solo relajarse y disfrutar de un baño caliente. Algo tan sencillo pero a la vez necesario como dejar la mente en blanco y olvidar a donde perteneces, los problemas, las preocupaciones... olvidar todo lo que no fuese sentir, sentir como los poros de la piel se iban hidratando.
Había llegado al hotel aquel mismo día, aquella misma tarde. Tras un viaje de varias horas que había pasado escribiendo en su cuaderno azul, aterrizó en aquella ciudad sin que le diese tiempo a escribir más de siete páginas. Recogió su maleta, que no tardó en salir por la cinta transportadora de equipajes, y se subió en el primer taxi disponible que encontró en la zona destinada a transportes públicos ubicada en el exterior del único terminal del que disponía el aeropuerto.
El viaje hacia el hotel fue de apenas treinta minutos. Nunca había estado en esa ciudad, así que se dedicaba a mirar a través del cristal tintado del coche cada edificio que aparecía a su derecha. El taxista, afortunadamente, no quiso entablar la estúpida conversación trivial casi obligada que suelen mantener con todo aquel turista que mira por la ventana más de un minuto seguido.
Conforme el taxi avanzaba por la montaña en la que se encontraba el hotel, según le había dicho el taxista al preguntarle el destino mientras introducía su equipaje en el maletero del coche, ella no podía dejar de pensar como podía no conocer ese sitio, aquel lugar digno de cualquier portada de una revista de turismo. Sin duda alguna, se podrían vender muchos ejemplares de aquella revista...
Al llegar a un cruce, el conductor le indicó que aquel castillo rojo de madera era su destino, su hotel. Ni si quiera le contestó: no podía apartar su mirada de aquella formación con influencias vikingas. Era difícil de creer que aquel majestuoso castillo estaba allí, sin nada alrededor. Se erguía desafiando el cielo con su rojo intenso, y sus techos apuntando hacia el infinito. Por lo que se veía conforme se iban acercando, eran varios pabellones con funciones aparentemente distintas a juzgar por el tamaño de las ventanas de las distintas salas de cada uno de ellos.
Giraron hacia la derecha, y entonces pudo contemplar la totalidad de la fachada principal. No pudo evitar sonreír al pensar que por unos días, al menos unos días, viviría allí, soñaría allí, sentiría allí.
El coche paró delante de la entrada, un edificio de cristal que servía para unir los dos pabellones principales. El taxista le pidió una cantidad de coronas que no parecía muy desorbitada, teniendo en cuenta la fama de extraordinariamente caro que tenía el país, y en especial la capital. Tras recoger la vuelta, abrió la puerta y esperó hasta que le devolvieron su maleta. Tras un breve saludo, el conductor se volvió a sentar tras el volante, y se marchó después de girar delante de la entrada.
Observó con detenimiento, sin moverse de donde estaba, todo cuanto había a su alrededor. Aquel paisaje era tan bello... el verde de los árboles se enfrentaba a un azul intenso que se mezclaba en algunos sitios con pequeños grupos de nubes. Ella, como cuando era niña, trataba de adivinar formas en ellas. Bajo la explanada donde se encontraba el hotel, sólo se podían ver pinos, cientos de ellos. A lo lejos, en zonas que estaban a los pies de la montaña, el mar se introducía durante varios kilómetros en el interior de la tierra. Lo que más le llamaba la atención era el silencio: la falta de ruido le hacía pensar que estaba viendo una postal, en lugar de entender que era ella quien verdaderamente estaba dentro de la foto.
Tras segundos disfrutando de aquella paz, decidió entrar al hotel.
El recibidor era una habitación de techos altos gobernada por una gran lámpara de bronce que colgaba del techo. A la izquierda había un par de sillones delante de una mesa decorada con alguna revista que se enorgullecía de los monumentos de la ciudad. A la derecha había un amplio corredor que se perdía tras doblar una esquina. Desde su posición podía ver una gran habitación que adivinó destinada a desayunar. Tras unos segundos intentando ubicarse y memorizando cada detalle, llegó a la conclusión de que en aquel hotel hasta el más mínimo detalle era cuidado y revisado frecuentemente. Miró hacia el frente y con paso decidido se dirigió hacia el mostrador del fondo, donde estaba la recepción.
Tras la bonita barra de mármol sobre un muelle muy elaborado de madera, se encontraba un chico de no más de treinta años vestido con un traje azul marino. El empleado estaba introduciendo datos en el ordenador cuando, al notar la presencia de alguien que se acercaba hasta su puesto de trabajo, levantó la mirada de sus papeles y le dedicó una bonita sonrisa, aunque algo artificial, a ella.
Apenas pudo acercarse cuando él, en un castellano bastante torpe pero digno de elogiar por el empeño que aparentemente hacía por pronunciar lo mejor posible cada frase, se presentó.
- Buenas tardes. Bienvenida al Hotel Rojo. Mi nombre es Gustav.
El hombre, tras terminar su breve pero elaborado discurso (parecía como si lo hubiese leído en algún papel que tuviese delante), esperó a que ella se parase frente a él. Ella se apoyó en el mostrador y sonrió.
- Gracias. El hotel es precioso. Y las vistas desde aquí son espectaculares. Nunca vi un sitio tan precioso. - No pudo evitar sonrojarse al pensar en la idea de que quizás, pese a su bienvenida ensayada, no entendería el castellano. - I´m sorry. I´m not sure if you speak spanish. The hotel is...
No pudo terminar la frase pues él se volvió y le dio la espalda para dirigirse a un gran casillero y coger de él una tarjeta de plástico que pensó sería la llave de la habitación. Tras mirarla a los ojos durante décimas de segundo, pero las suficientes para que se sintiera incómoda, le tendió la tarjeta. La cogió con su mano derecha y esperó pacientemente a seguir con el típico procedimiento de entrada a cualquier hotel. Cual fue su sorpresa cuando el empleado volvió a girarse y tras abrir una puerta que quedaba a la izquierda del casillero, se marchó tras cerrar la puerta desde el otro lado del bastidor.
Estaba cansada y decidió, viendo que no tenía otra opción, ir a su habitación, la cual se lo indicaba la llave electrónica, para volver a la noche para terminar de registrarse. A la izquierda de la recepción había un cartel que señalizaba el ascensor. Tirando de su maleta se arrastró hacia la puerta de acero que la llevaría hasta su descanso. Nada más pulsar el botón de llamada, la puerta se abrió y descubrió un habitáculo con la misma moqueta que había en la entrada del hotel. No se lo pensó dos veces y entró. Miró nuevamente la tarjeta que aún llevaba en la mano y por primera vez observó el número escrito en letras doradas: 312. Genial, la planta más alta del hotel... tendría seguramente buenas vistas. Mientras el elevador recorría el trayecto, ella no pudo evitar pensar como el encargado de recepción había adivinado quien era ella. No le dio la menor importancia.
El ascensor se detuvo y se escuchó una corta melodía compuesta por 4 notas musicales antes de que se la puerta se deslizase para descubrir un corredor muy largo que estaba flanqueado por puertas. Al salir del ascensor pudo contemplar un pasillo con una moqueta roja que llegaba desde el suelo hasta una altura de lo que ella pensó que sería aproximadamente de un metro. En las paredes pudo descubrir cuando comenzó a caminar que en los espacios entre cada dos puertas había siempre un cuadro colgado de algún paisaje típico del país, pero trabajado con una delicadeza poco habitual. Estaba tan cansada que no se detuvo a observar ningún lienzo, prometiéndose a si misma que en días posteriores, y como si fuese un detective privado de una novela, se empeñaría en observar cada pequeño detalle de aquel, por ahora sorprendente, lugar. No tardó más de unos segundos, los suficientes para notar que aquel lugar era realmente bonito, en llegar a una puerta de madera de color muy claro con unos números brillantes con una tipografía muy característica que ponía 312.
Tras introducir la tarjeta en la ranura, se iluminó un indicador de color verde, y en el interior de la cerradura, algo sonó. Empujó la puerta que dio lugar a un pequeño recibidor en el que se introdujo empujando su maleta delante de ella. La puerta se cerró por si sola, y colocó la llave en el interruptor principal de la luz, señalizado por un triángulo luminoso de color rojo que resplandecía en la oscuridad. Y se hizo la luz...
Quizás no debió hacerlo nunca, quizás nunca debió ir a ese lugar.
No pudo evitar sonreír como una niña llena de ilusión ante una caja envuelta en papel de regalo al empezar a ver donde se encontraba. De pie en el recibidor, a su izquierda había un mueble de madera rojiza empotrado en la pared. Procedió a abrir la puerta derecha para ver lo que imaginaba: era un armario para la ropa con una barra plateada llena de perchas de madera haciendo juego en color con las puertas y una columna de cajones en la base. Tras cerrar la puerta, abrió la que seguía guardando un secreto, y comprobó que era la otra mitad simétrica del armario. Las dos partes eran iguales, pero esta olía ligeramente a flores frescas. Era todo tan agradable...
En frente de ella, opuestamente a la puerta de entrada de la habitación, estaba el baño. Se asomó para contemplarlo y no pudo más que maravillarse al entrar. A la izquierda había una gran bañera que estaba presidida por una pintura sobre los azulejos de algún tipo de ave mitológica con colores muy intensos. A la derecha había dos lavabos con sus correspondiente espejos ovalados perfilados por un canto de madera. Debajo de los espejos había una alargada y estrecha repisa sobre la que descansaban media docena de velas sobre recipientes de cristal azulado, y un pequeño mechero junto a botes y envases de lo que pensó eran cosméticos y productos destinados al aseo personal. Al fondo del baño estaba el wc, y una ducha de generosas proporciones. Sobre la blancura que dominaba aquel sitio, destacaba la pintura del ave, que no dejaba de observar todo cuanto pudiera ocurrir entre aquellas paredes.
Decidió salir del baño para dirigirse a la habitación, a la gran sorpresa que le faltaba por admirar. No dio más de 5 pasos hasta situarse a la derecha de la puerta de entrada donde se encontraba lo que parecía el sueño de alguien con un gusto exquisito. Tras abrir la boca y taparla con su propia mano, gesto inocente que solía hacer cuando algo la maravillaba, empezó a mirar la habitación entera como si buscase algo que no fuera increíblemente bonito. Se sorprendió mucho de no poder descubrirlo...
La habitación era bastante amplia, pese a la gran cama que había. El suelo estaba enmoquetado en verde, y la tela llegaba hasta las paredes, a media altura, hasta terminar perfilada en un bonito listón de madera del mismo color que el armario. Por encima de esta altura, había una pared lisa pintada en un verde pastel que casi rozaba el blanco. Recorrió la pared, observando los cuadros que daban un detalle de color a la habitación, hasta que descubrió el techo, que para su mayor asombro era inclinado, y no paralelo al suelo, y estaba soportado por enormes vigas de madera que hacían un gran contraste. Volvió a mirar al suelo y dirigió su atención a la cama de matrimonio, con un edredón amarillo de flores estampadas. A cada lado de ésta, había una mesita baja de madera sobre las que descansaban en una un teléfono y una lámpara, y en la otra un jarrón de cristal azul con tulipanes en su interior. En la esquina opuesta a su posición, había un escritorio con forma triangular tallado en madera junto a una silla que hacía juego. Sobre él, pudo observar al acercarse había sobres blancos, papel de escribir y una pluma estilográfica. Presidiendo la mesa había una lámpara pequeña de bronce culminada por cristal rojo del que salía una luz suave que producía algunas sombras sobre los objetos delante depositados.
Al lado del escritorio había dos ventanas, una mucho más ancha que la otra, que llegaban hasta casi el techo de altura. La más estrecha se encontraba cerrada, y por la más ancha pudo comprobar al asomarse que había unas vistas maravillosas de un paisaje que ya le resultaba familiar: el mismo que había contemplado al bajar del taxi, pero ahora se veía con más profundidad debido a la altura que tomaba la nueva perspectiva. De la ventana colgaban una largas cortinas, que estaban recogidas, de terciopelo de color verde botella. Bajo la ventana principal había una pequeña mesita de madera circular sobre la que había un mando a distancia. A ambos lados había dos sillones que pronto descubrió, al probarlos, eran muy cómodos, de color blanco con algún detalle rojo sangre. Desde su nueva perspectiva, tumbada en uno de los sillones y con los pies en alto, observaba el mueble principal de la habitación, situado en la pared donde se encontraba la entrada a la habitación. Era de madera, del mismo color que el escritorio, pero mucho más elaborado y con detalles mucho más complejos. Tenía varias puertas, que pensó que estarían ocultando el típico mini-bar, la caja de seguridad y algo más que no logró imaginar o adivinar, las cuales decidió abrir en otro momento. Sobre el mueble había una pantalla de televisión junto a un teclado. Dominando aquella pared, colgaba de la parte alta un retrato de considerables dimensiones.
El cuadro era la historia de una mujer sin sonrisa que miraba a algún lugar del horizonte. Su rostro era extraño: no era hermosa, pero llamaba mucho la atención. Había algo en su mirada que, aun inexplicable, atraía: no era el color de sus ojos, había algo más. Iba vestida con un jersey de lana blanco que el autor de la obra había conseguido que traspasase el propio lienzo: casi se podía palpar la suavidad del tejido.
Estuvo escuchando la historia que aquella obra de arte le quiso contar, hasta que movió la cara hacia abajo, y sus ojos, como si tuvieran autonomía propia y tomaran decisiones por ellos mismos, decidieron dirigirse a la cama. No pudo evitar sonreír por la idea que le cruzó la cabeza. Sin pensarlo ni un segundo, se levantó del sillón, y en lo que fueron segundos se encontraba tumbada en la cama mirando el techo. Estaba con los brazos abiertos en cruz, cuando se le cerraron los ojos. Fue todo tan rápido que no le dio tiempo a pensar lo que sus sentidos ya habían descubierto: la suavidad del tejido que cubría la cama. Se descalzó los zapatos, haciendo empujando uno con el otro por el talón. Los zapatos golpearon la moqueta del suelo, uno tras otro, con un intervalo de 2 segundos...
Cuando despertó, abrió los ojos lentamente. Vio el techo y al comprender donde se encontraba no pudo evitar sonreír. Seguía en la misma posición, vestida aún, confusa, pues no sabía cuanto tiempo habría estado durmiendo. Qué importancia tenía eso? Volvió a sonreír: por una vez en la vida, no pensaba mirar el reloj, aunque estuviera tentada de hacerlo.
Sin moverse aún, decidió tomar un baño para relajarse. Se incorporó despacio y, descalza, caminó hasta dirigirse al baño. Una vez llegó, abrió el grifo de la bañera, y empezó a intentar obtener una temperatura suficientemente agradable moviendo una y otra vez el mando que controlaba la proporción de agua caliente y fría, y con que fuerza salían. Tras unos intentos fallidos, logró encontrar la posición concreta de la palanca, y procedió a tapar el agujero de la bañera con el tapón. Mientras se iba llenando la bañera, se volvió intentando encontrar algo entre los botes que allí había con lo que perfumar el agua. Observando las etiquetas de los distintos envases leyó en una espuma para baño. Por qué no? Un baño de espuma sería genial. Abrió el frasco, y sin mirar las instrucciones de la botella lo inclinó para que empezase a derramarse justo en la zona donde caía el agua del grifo aquel líquido espeso del color del ámbar. Quizás echó demasiado, pues empezó a salir espuma en cantidad abundante, y conforme el agua a presión seguía saliendo, no dejaba de crecer aquella nube de tan agradable olor a miel. Cuando la espuma alcanzó una cantidad exageradamente abundante, se subió la manga derecha de su blusa azul e introdujo el brazo en la espuma hasta que tocó el agua para calcular el nivel que había alcanzado. Como si se dedicase profesionalmente a esa labor, la temperatura, el nivel del agua y la cantidad de espuma eran perfectos, de esa extraña perfección que sólo se logra en una película. Volvió a la habitación, para desnudarse y pensó que era buena idea poner algo de música para que se relajase más aún, si era posible, mientras tomaba su baño. Puso la televisión, y fue avanzando canales hasta que encontró uno, el número 27, en el que ponían jazz muy tranquilo y elegante, muy suave. Pensó por un momento, sonriendo, que el canal podría haberse llamado perfectamente "música para baños de espuma".
Se quitó la blusa para dejarla en uno de los dos sillones, y mientras lo hacía comprobó que aún tenía el brazo derecho lleno de espuma: no había reparado en ello. Bueno, era sólo espuma, se secaría. Llevaba una falda negra, de algodón, con algunos detalles en blanco. Soltó el botón trasero y dejó que se deslizase por su piel hasta que llegó al suelo. Se agachó a recogerla, y la puso junto a la blusa. Con la ropa interior no tardó mucho más. La colocó doblada sobre el sillón junto a las otras prendas.
Con su cuerpo desnudo, se dirigió al baño, apagando antes la luz de la habitación. Le apetecía relajarse; las velas crearían el ambiente apropiado. Colocó unas cuantas por el suelo de la habitación, procurando que no estuvieran cerca de la bañera. Se acercó a la bañera, tras soltar el mechero con el que había encendido las velas. Despacio, como si de un ritual de purificación se tratase, introdujo en aquella nube de espuma que cubría su pequeño lago de tranquilidad su pierna izquierda, y la fue bajando hasta tocar con el pie el suelo de la bañera. Ideal, la temperatura era ideal. Agarrándose al asa plateada que había junto a la pintura del pájaro, introdujo su pierna derecha y una vez dentro se giró. Se apoyó con una mano en el asa, y con la otra en el filo de la bañera. Poco a poco, fue agachándose entre la espuma hasta que llegó a sentarse. La sensación del agua caliente envolviendo gran parte de su cuerpo era muy agradable. Inclinó su espalda hacia atrás, hasta que la dejó apoyada contra la pared posterior de la bañera. Se fue recostando más, hasta que el agua acariciaba todo su cuerpo dejando sólo a salvo su cabeza y un poco de su cuello.
Cerró los ojos, y dejó la mente en blanco ayudada por la música de fondo. Sentía, no pensaba... sólo sentía, y mucho. La espuma hacía un ruido delicioso cuando se iba disolviendo lentamente en el agua. Pasaron varios minutos sin que tuviese ningún interés por mover ni un sólo músculo. Decidió mojarse el pelo, y para ello se fue deslizando más en la bañera hasta que fue introduciendo la cabeza, conforme iba adquiriendo una postura totalmente horizontal. Mantuvo sumergido todo su cuerpo durante segundos que a ella le valieron por minutos debido a la paz que pudo sentir. Volvió a sacar la cabeza, ahora con el pelo mojado y la piel húmeda y salpicada por gotitas de agua, hasta que recobró su postura sentada anterior. Sacó los dos brazos, y tras apartar un poco de espuma de delante de la cara, los apoyó en los filos de la bañera. Permaneció minutos en la misma postura, sin querer moverse. Mientras el agua siguiese caliente, no pensaba tomarse ninguna molestia, incluyendo moverse. Pensó bromeando consigo misma, que podría quedarse dormida allí perfectamente.
Cuando quizás hubiera podido conseguirlo, le pareció oír varios golpes en la puerta: golpes suaves, como si alguien estuviera llamando. Fueron no más de 4 o 5 golpes. Por si no era efecto de su imaginación, se apoyó en el asa plateada y se incorporó para coger una toalla y liársela alrededor de su cuerpo, por encima de su pecho. Cogió otra, más pequeña que la anterior con la que lió su largo pelo y su cabeza para que no cayese mucha agua en el suelo.
Las puertas de las habitaciones de aquel hotel tenían mirilla. Se acercó temerosa, sin hacer ruido, para intentar ver quien era. Miró pero no había nadie: que raro!!! Por sus piernas corrían aún gotas de agua, y restos de espuma. Observó el suelo deseando no haber mojado mucho la moqueta, y fue entonces cuando vio que debajo de la puerta, en la ranura entre ésta y el suelo, había un sobre. Se apresuró a cogerlo: era un sobre pequeño, de tarjeta de visita. Abrió la puerta y asomó medio cuerpo. Miró primero a la derecha, hacia donde estaba el ascensor y luego, tras no descubrir a nadie, lo hizo a la izquierda, para obtener el mismo resultado desesperante pero lógico de esperar: hubiera sido demasiado fácil.
Cerró la puerta y se quedó unos segundos parada tocando el sobre. Aparentemente no contenía nada... nada que no fuese papel. Se dirigió al escritorio, teniendo cuidado de no tropezar, pues la única luz que había en la habitación era la de la ventana principal, por la que entraba el reflejo de la luna. Encendió la pequeña lámpara, y retiró la mesa para luego sentarse. Observó el sobre bajo la luz. Era un sobre color hueso. La solapa estaba pegada al sobre. En la parte de delante del sobre, escrito a mano, aparecía su nombre: María. Abrió el primer cajón del escritorio y buscó entre los objetos por si encontraba unas tijeras. Como si todo hubiese sido planeado, había un abrecartas plateado, que sacó y utilizó para abrir el sobre. Dejó la herramienta sobre la mesa sin preocuparse de cerrar el cajón. Abrió los dos labios del sobre para comprobar que dentro había una tarjeta. Introdujo los dedos en el sobre y la sacó. La volvió rápidamente para ver si estaba escrita por los dos lados, pero sólo lo estaba por uno.
Escrito a mano ponía el siguiente texto: "Eres muy bonita. No lo ocultes nunca".
Ya está? Sólo eso? Era eso lo único que ponía la tarjeta? Nadie iba a darle ninguna explicación?
Sentía rabia. Quizás esperase una carta de amor, o por lo meno un teléfono, alguien a quien preguntarle que había querido decirle. Observó la tarjeta varios minutos, dejándola para pasar al sobre. No había nada más, ninguna pista, ninguna declaración de amor en versos. Sólo esa estúpida frase que no entendía.
Soltó también el sobre, suspiró, y se levantó de la silla para ir al baño a secarse el pelo. Encendió la luz del baño, y retiró la toalla de la cabeza, dejándola en la barra para colgarla. Tenía el pelo aún bastante mojado, pues era largo. Se quitó la otra toalla y la colgó igualmente. Cogió el secador de mano y empezó a secarse el pelo frente al espejo. Llevaba cinco minutos cuando empezó a pensar de nuevo en la tarjeta: no pudo evitar sonreír. Quizás, tras no poder saber en un principio quien la había escrito, se había indignado, pero pensándolo bien, quien quiera que fuese la había sorprendido, y pensaba que era guapa. Dejó el secador en el soporte y miró su imagen reflejada en el espejo. Se sintió hermosa, y esa noche decidió no pintarse. Se peinó el pelo, abrió la maleta y sacó lo primero que encontró: una falda larga estampada con flores y una blusa de mangas cortas de color negro...
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Durante años, delante de aquel mismo espejo del cuarto de baño de la habitación 312 habían pasado cientos de personas. Antes de romperse, años más tarde, delante de él pasaron otros cuantos cientos de personas más.
Los espejos cuando se rompen mueren. Sus almas van a parar a un mundo oscuro, sin luces, en el que durante toda la eternidad hablan de lo que han visto durante sus vidas. Viven de recuerdos, y van creando un mundo con aquellas imágenes que seleccionan. Cada espejo elige la imagen más bella que ha visto durante su vida, y la cuenta a los demás. Todos van creando en su imaginación un mundo colectivo lleno sólo de cosas bellas.
El día que aquel espejo llegó, todos los demás espejos guardaron silencio. Antes de que empezara su relato, uno de ellos, uno de los más viejos de aquel mundo de sombras, le preguntó: "eres tú?".
El espejo del hotel no respondió. Empezó su historia, a contarle su imagen. Empezó a hablarles de la noche que vio a María desnuda, sin accesorios, sin pintar.
Durante todos esos días que empleó en contarles la imagen que había elegido, todos los demás espejos guardaron silencio y escucharon atentamente para formarse la idea de María.
Claro que era él... hacía tanto que esperaban su llegada, su elección, su historia, a María.
